Extraído de:
Marcelino Temas Domingo. Tortosa: Imprenta Editorial J. Monclús Balagué, 1916, págs. 169-175
http://www.imaginat.net/marcelino/Mar_Articulo.aspx?id=149
¿Cómo se celebran las elecciones en España?
Macías Picavea, en 1899, un año después del desastre, decía en su obra El problema nacional y hablando del problema electoral en España: «Los obreros votan lo acordado y mandado por el cacique para que sus patronos no les echen a la calle y les supriman el jornal que es como suprimirles la vida; los colonos, para que los propietarios no les quiten las tierras, que sería como quitarles la existencia; los propietarios menudos, para que el alcalde o el juez, o el recaudador, o la Comisión provincial, o el usurero no les pasen por ojo y aniquilen; los empleados para conservar la paguita, único maná que les sostiene; y, en fin, la magna clientela parasitaria, por devoción y... obligación.»
Cuatro años después de esta declaración, en 1903, Joaquín Costa, resumiendo la información que se hizo en el Ateneo de Madrid para descubrir cuál era la forma actual de Gobierno en España, escribía estas palabras: «En España no hay cuerpo electoral: el caciquismo es el que hace las elecciones.» Y hoy, en 1913, después de trece años de las manifestaciones de Macías Picavea y de diez años de las de Costa, Angel Marvaud, un escritor francés, que ha estudiado seriamente el proceso de nuestra patria, escribe en su libro L’Espagne au XX siécle: «No es posible enumerar todos los abusos electorales que se cometen en España con la complicidad del Gobierno y de los partidos. Todas las leyes electorales que se han puesto sucesivamente en vigor desde 1812, han producido siempre el mismo resultado». Estos testimonios ahorran nuestra definiciones. Ellos nos dicen que en 1899 se celebraban las elecciones mal; que en 1903 se celebraron como en 1899, y que en 1913 siguen celebrándose como en 1903. Ellos nos descubren que la voluntad popular no podía manifestarse en 1899 y que esta voluntad popular sigue, del mismo modo, ahogada brutalmente en 1913.
Es ésta una realidad apartada de toda pasión sectaria. Las elecciones en nuestra patria se celebran como dice Macías Picavea, como dice Joaquín Costa y Angel Marvaud. En Madrid, en Barcelona, en Zaragoza... donde los partidos de oposición cuentan con fuerzas disciplinadas que se convierten en celadoras de los procedimientos del adversario, este fenómeno no se descubrirá tan manifiestamente. Pero en las poblaciones pequeñas, en los pueblos rurales, en las aldeas, donde si hay grupos opuestos al caciquismo, son grupos débiles, impotentes, las elecciones se celebran, no como quieren los electores, sino como quiere el cacique.
El cacique dispone en estos pueblos del alcalde, del juez, del cura. El alcalde, en época de elecciones, destina todos sus empleados al trabajo electoral. Los escribientes y el secretario arreglan la documentación de los interventores, mandan las candidaturas a domicilio, estudian la lista para indagar qué elector puede votar dos veces, qué otro elector está ausente para que alguien se encargue de votar por él, etc., etc. Los serenos y alguaciles son los encargados de repartir las candidaturas por las casas. Los guardias jurados son los que llenan la misión de advertir a los pastores y ganaderos que se les impondrán multas y se les hará la vida imposible si no votan tal candidatura; que, en cambio, se les permitirá apacentar las reses por determinados predios y herrenales, sin denuncia ni molestia, si se comprometen a votar al señor o señores que recomienda el alcalde. El recaudador de arbitrios es el que ha de llamar a los que tienen apremios por atrasos en el pago de las atenciones municipales, y decirles que les condonará los apremios si votan determinada candidatura. El juez coadyuva a esta obra del alcalde amenazando con procesos, con penas. El cura ayuda también valiéndose de todos los medios que le prestan su jerarquía y su sagrado ministerio.
Este es el trabajo preparatorio de las elecciones.
En el día de las elecciones estas fuerzas se reúnen todas en el colegio electoral. Los escribientes del Ayuntamiento son los interventores de la mesa. Los serenos y alguaciles se sitúan en la puerta del colegio repartiendo las candidaturas, obligando a los electores a tomar sus candidaturas, arrancando de manos del elector la candidatura que sea de oposición. El alcalde está en un colegio junto a la mesa para pedir la papeleta a los votantes, abrirla y enterarse antes de que llegue a manos del presidente. El juez y el cura realizan la misma operación en los otros colegios. Así van cayendo en la urna, una, dos, diez, cien papeletas, todas con un mismo nombre, todas con una misma filiación política. Después de las elecciones se obsequia con vino y carne a todos los electores. Muchos de ellos es el único día que beben y que comen todo lo que quieren. Muchos de ellos se dan cuenta de que es día de elecciones porque es día de comida, de alegría, de hartazgo.
La filosofía de que al elector le hartan un día para que él deje hartar a los elegidos durante cuatro o cinco años, no cabe en este artículo. La consecuencia de que debiera hacerse ver al elector, no su día de hartura, sino sus días de miseria; no el apremio que le quitan, sino las contribuciones que le imponen; no las libertades que le conceden, sino las restricciones a que vive sometido, tampoco es para este artículo. Este artículo no es una prédica. Es una breve apostilla puesta a esta nota del Gobierno, en la que expresa su regocijo por estos mil adictos y mil liberales que han salido triunfantes en las elecciones del pasado domingo. Es este artículo sólo un relato de las costumbres políticas españolas.
Tiene, sin embargo, este relato su moraleja. Es ésta. Decir que estas elecciones hechas así como quedan descritas han sido unas elecciones conservadoras, de Gobierno conservador. Y han sido conservadoras, de Gobierno conservador, porque estas elecciones han sido como son siempre en España; han sido «conservando» la manera de hacer elecciones que hay en España. Por esto han sido conservadoras. Si el Gobierno actual hubiera querido reformarlas encarcelando a los caciques, amonestando a los jueces, advirtiendo a los alcaldes que dejaran manifestar sin coacción la voluntad popular, este Gobierno ya no hubiera sido un Gobierno conservador; hubiera sido un Gobierno liberal.
El conservador ha de conservar lo establecido. En países donde lo establecido sea justo, legal, virtuoso, el conservador conservará la justicia, la legalidad, la virtud. En países donde lo establecido sea injusto, ilegal, vicioso, el conservador conservará la injusticia, la ilegalidad, el vicio. En España, el sufragio es una ficción: pues el conservador español, respondiendo a los principios de su partido, ha de conservar, como ha conservado esta ficción, ha de respetarla, ha de mantenerla inmutable. Respondiendo a los principios de su partido, el conservador que hallara el mal como valor efectivo de su patria, eternizaría este mal, si él, como conservador, pudiera ser eterno en el Poder.
Marcelino Temas Domingo. Tortosa: Imprenta Editorial J. Monclús Balagué, 1916, págs. 169-175
http://www.imaginat.net/marcelino/Mar_Articulo.aspx?id=149
¿Cómo se celebran las elecciones en España?
Macías Picavea, en 1899, un año después del desastre, decía en su obra El problema nacional y hablando del problema electoral en España: «Los obreros votan lo acordado y mandado por el cacique para que sus patronos no les echen a la calle y les supriman el jornal que es como suprimirles la vida; los colonos, para que los propietarios no les quiten las tierras, que sería como quitarles la existencia; los propietarios menudos, para que el alcalde o el juez, o el recaudador, o la Comisión provincial, o el usurero no les pasen por ojo y aniquilen; los empleados para conservar la paguita, único maná que les sostiene; y, en fin, la magna clientela parasitaria, por devoción y... obligación.»
Cuatro años después de esta declaración, en 1903, Joaquín Costa, resumiendo la información que se hizo en el Ateneo de Madrid para descubrir cuál era la forma actual de Gobierno en España, escribía estas palabras: «En España no hay cuerpo electoral: el caciquismo es el que hace las elecciones.» Y hoy, en 1913, después de trece años de las manifestaciones de Macías Picavea y de diez años de las de Costa, Angel Marvaud, un escritor francés, que ha estudiado seriamente el proceso de nuestra patria, escribe en su libro L’Espagne au XX siécle: «No es posible enumerar todos los abusos electorales que se cometen en España con la complicidad del Gobierno y de los partidos. Todas las leyes electorales que se han puesto sucesivamente en vigor desde 1812, han producido siempre el mismo resultado». Estos testimonios ahorran nuestra definiciones. Ellos nos dicen que en 1899 se celebraban las elecciones mal; que en 1903 se celebraron como en 1899, y que en 1913 siguen celebrándose como en 1903. Ellos nos descubren que la voluntad popular no podía manifestarse en 1899 y que esta voluntad popular sigue, del mismo modo, ahogada brutalmente en 1913.
Es ésta una realidad apartada de toda pasión sectaria. Las elecciones en nuestra patria se celebran como dice Macías Picavea, como dice Joaquín Costa y Angel Marvaud. En Madrid, en Barcelona, en Zaragoza... donde los partidos de oposición cuentan con fuerzas disciplinadas que se convierten en celadoras de los procedimientos del adversario, este fenómeno no se descubrirá tan manifiestamente. Pero en las poblaciones pequeñas, en los pueblos rurales, en las aldeas, donde si hay grupos opuestos al caciquismo, son grupos débiles, impotentes, las elecciones se celebran, no como quieren los electores, sino como quiere el cacique.
El cacique dispone en estos pueblos del alcalde, del juez, del cura. El alcalde, en época de elecciones, destina todos sus empleados al trabajo electoral. Los escribientes y el secretario arreglan la documentación de los interventores, mandan las candidaturas a domicilio, estudian la lista para indagar qué elector puede votar dos veces, qué otro elector está ausente para que alguien se encargue de votar por él, etc., etc. Los serenos y alguaciles son los encargados de repartir las candidaturas por las casas. Los guardias jurados son los que llenan la misión de advertir a los pastores y ganaderos que se les impondrán multas y se les hará la vida imposible si no votan tal candidatura; que, en cambio, se les permitirá apacentar las reses por determinados predios y herrenales, sin denuncia ni molestia, si se comprometen a votar al señor o señores que recomienda el alcalde. El recaudador de arbitrios es el que ha de llamar a los que tienen apremios por atrasos en el pago de las atenciones municipales, y decirles que les condonará los apremios si votan determinada candidatura. El juez coadyuva a esta obra del alcalde amenazando con procesos, con penas. El cura ayuda también valiéndose de todos los medios que le prestan su jerarquía y su sagrado ministerio.
Este es el trabajo preparatorio de las elecciones.
En el día de las elecciones estas fuerzas se reúnen todas en el colegio electoral. Los escribientes del Ayuntamiento son los interventores de la mesa. Los serenos y alguaciles se sitúan en la puerta del colegio repartiendo las candidaturas, obligando a los electores a tomar sus candidaturas, arrancando de manos del elector la candidatura que sea de oposición. El alcalde está en un colegio junto a la mesa para pedir la papeleta a los votantes, abrirla y enterarse antes de que llegue a manos del presidente. El juez y el cura realizan la misma operación en los otros colegios. Así van cayendo en la urna, una, dos, diez, cien papeletas, todas con un mismo nombre, todas con una misma filiación política. Después de las elecciones se obsequia con vino y carne a todos los electores. Muchos de ellos es el único día que beben y que comen todo lo que quieren. Muchos de ellos se dan cuenta de que es día de elecciones porque es día de comida, de alegría, de hartazgo.
La filosofía de que al elector le hartan un día para que él deje hartar a los elegidos durante cuatro o cinco años, no cabe en este artículo. La consecuencia de que debiera hacerse ver al elector, no su día de hartura, sino sus días de miseria; no el apremio que le quitan, sino las contribuciones que le imponen; no las libertades que le conceden, sino las restricciones a que vive sometido, tampoco es para este artículo. Este artículo no es una prédica. Es una breve apostilla puesta a esta nota del Gobierno, en la que expresa su regocijo por estos mil adictos y mil liberales que han salido triunfantes en las elecciones del pasado domingo. Es este artículo sólo un relato de las costumbres políticas españolas.
Tiene, sin embargo, este relato su moraleja. Es ésta. Decir que estas elecciones hechas así como quedan descritas han sido unas elecciones conservadoras, de Gobierno conservador. Y han sido conservadoras, de Gobierno conservador, porque estas elecciones han sido como son siempre en España; han sido «conservando» la manera de hacer elecciones que hay en España. Por esto han sido conservadoras. Si el Gobierno actual hubiera querido reformarlas encarcelando a los caciques, amonestando a los jueces, advirtiendo a los alcaldes que dejaran manifestar sin coacción la voluntad popular, este Gobierno ya no hubiera sido un Gobierno conservador; hubiera sido un Gobierno liberal.
El conservador ha de conservar lo establecido. En países donde lo establecido sea justo, legal, virtuoso, el conservador conservará la justicia, la legalidad, la virtud. En países donde lo establecido sea injusto, ilegal, vicioso, el conservador conservará la injusticia, la ilegalidad, el vicio. En España, el sufragio es una ficción: pues el conservador español, respondiendo a los principios de su partido, ha de conservar, como ha conservado esta ficción, ha de respetarla, ha de mantenerla inmutable. Respondiendo a los principios de su partido, el conservador que hallara el mal como valor efectivo de su patria, eternizaría este mal, si él, como conservador, pudiera ser eterno en el Poder.

